Una tarde de emociones y ficciones sanadoras con Casona y los “Cazadores del Arte Perdido”

No será un sábado cualquiera en Adán Buenosayres. El clima, a la vez otoñal y fresco, acompañaba ese atardecer donde el rumor de un pequeño teatro del sur de la ciudad congregó a vecinos, amantes del arte y curiosos de la zona. La cita tenía nombre propio y tradición: la compañía Cazadores del Arte Perdido desplegaba su talento bajo la luz de Alejandro Casona y su obra inmortal, “Los árboles mueren de pie”.​

A las seis, cuando la luz decrece y los parques mudos parecen guardar secretos, el telón se alzó. La propuesta: una abuela, unas cartas que protegen la esperanza, un nieto ausente —¿real o fantasioso?— y un elenco capaz de crear mundos paralelos para, en palabras de Casona, “sembrar ilusión” allí donde la vida parece quebrarse. El público, expectante, siguió con atención el juego sutil entre la verdad y la mentira, entre la necesidad de proteger a los seres queridos y el derecho a enfrentar las heridas con dulzura y hasta una pizca de locura.​

“Los árboles mueren de pie” es una fábula de resiliencia. Mientras los actores y actrices de la compañía encarnaban sus papeles—abuelos desgarrados, impostores bienintencionados, cómplices inesperados—, cada escena revelaba profundidad: la abuela que intuye el engaño pero agradece la dicha ficticia regalándole alas al amor; los impostores que terminan sanando viejas heridas propias y ajenas; todos bajo la guía invisible del autor, y la mirada cómplice del público, que pudo reconocerse en el juego de simulacros y secretos.​

La función, como el árbol jacarandá de la obra, resistió en pie hasta el final. Al caer el telón, un aplauso cálido arrasó la sala, y muchos salieron conmovidos, pensando en aquellas verdades piadosas, en las ficciones necesarias que nos sostienen, en ese delgado borde entre la cordura y la locura que, a veces, nos salva. Afuera, ya de noche, el barrio de Parque Chacabuco parecía menos monótono, más vivo, como si la magia de Casona y de los Cazadores del Arte Perdido hubiera florecido —por un instante— más allá de la escena.

 

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