Escuela General Urquiza: el colegio más antiguo de CABA que guarda 430 tesoros del arte argentino

En el corazón de Flores, donde el tranvía y la Plaza Pueyrredón forjaron un barrio de Buenos Aires, se erige un tesoro bicentenario: la Escuela Museo de Bellas Artes General Urquiza. Fundada en 1818 como humilde escuela de campaña para varones en el descampado de San José de Flores –entonces un rincón bonaerense alejado de la urbe–, esta institución ostenta el título de colegio más vetusto de la Ciudad Autónoma. Su fachada actual, un prodigio del arquitecto noruego Alejandro Christophersen erigido en 1895, resguarda 430 obras maestras de plásticos nacionales que convierten sus aulas en un museo vivo.

El predio en Yerbal 2370, entre Fray Cayetano Rodríguez y Caracas, ocupa 32 metros de frente y evoca épocas en que la zona era puro potrero y chacras, sin cultivos ni bullicio. La iglesia y las primeras escuelas le insuflaron alma, junto a la llegada del tranvía que animó la Plaza Flores. Cerrada entre 1838 y 1853 por penurias presupuestarias, guerras y el bloqueo anglo-francés en el Río de la Plata, la escuela renació en 1864 con idas y venidas de nombres y sedes hasta anclarse en esta joya arquitectónica. Christophersen, genio tras la Bolsa de Comercio, el Palacio Anchorena, el Hospital Español, la fachada del Tortoni y la Basílica Santa Rosa de Lima, diseñó un edificio racionalista con ventanales amplios para bañar de luz natural las aulas, frontones señoriales y un balcón con balaustrada en el primer piso.

Adentro, la galería deslumbra con piso damero –eco de casonas coloniales patricias– iluminado por una claraboya generosa. Cuatro niveles fusionan lo original con ampliaciones, albergando hoy la Escuela N°1 del Distrito Escolar 12. Nombrada en honor a Urquiza, pasó por múltiples denominaciones; en 1977 abrió sus puertas a las primeras cinco alumnas, inaugurando la coeducación. Luego sumó inicial a primaria y, en 2007, intensificó en artes –danza, teatro, visuales y audiovisuales–, atrayendo a creativos del barrio.

Declarada Sitio de Interés Cultural por la Legislatura porteña en 1998, su patrimonio artístico es inigualable: piezas de Benito Quinquela Martín, que capturó la pasión boquense; Luis Perlotti con sus figuras etéreas; Raúl Soldi y sus retratos vibrantes; Guillermo Roux en abstracciones poéticas; Mariette Lydis, la visionaria; Luis Zorz y Lola Frexas, con sus huellas en óleo y acuarela. “Estas paredes respiran historia y arte; los chicos crecen rodeados de genios”, cuenta una docente con 20 años en la institución, que organiza visitas guiadas para vecinos y turistas.

En Flores, barrio de conventillos y tango, la Urquiza no solo educa: preserva la identidad porteña. Mientras Buenos Aires acelera hacia 2026, este bastión bicentenario invita a redescubrir su legado, fusionando aulas con galería. Un pulmón cultural en tiempos de prisas urbanas.

 

 

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