Estudiantes de Arquitectura proponen una transformación urbana en Flores para revitalizar sus espacios ocultos

En el marco de una ejercitación académica, un grupo de estudiantes de la Facultad de Arquitectura, Diseño y Urbanismo de la UBA desarrolló una propuesta de intervención urbana destinada a revalorizar el barrio porteño de Flores. La iniciativa surgió en la cátedra Ledesma–Solsona, donde los alumnos del último año trabajan sobre problemáticas reales de la ciudad para generar miradas críticas y posibles soluciones.

El ejercicio se centró en el recorrido de la Avenida Nazca, un corredor que atraviesa distintos barrios y que, por su intensidad comercial y sus cambios de carácter a lo largo del trayecto, ofrece múltiples desafíos urbanos. Dentro de ese eje, las estudiantes Dos Santos, Espiñeira, Olindo y Moreno eligieron analizar el tramo correspondiente al corazón comercial de Flores, un sector donde detectaron discontinuidades en el uso del espacio público y una experiencia peatonal fragmentada.

Según explican en su trabajo, la avenida funciona como una columna vertebral que articula distintas dinámicas a lo largo del día. Sin embargo, la falta de conexiones internas y la presencia de vacíos residuales entre manzanas generan un sistema urbano disperso, que limita tanto la integración barrial como la posibilidad de construir espacios de encuentro sostenidos en el tiempo.

Frente a este diagnóstico, la propuesta apunta a resignificar los “centros libres de manzana”, esos patios y espacios interiores que suelen quedar invisibilizados detrás de la trama edilicia. La idea es concebirlos como un sistema de espacios públicos latentes capaces de activar nuevas relaciones dentro del barrio. Para lograrlo, las autoras plantean la creación de una red de recorridos interiores que se superponga al circuito comercial ya existente, generando caminos alternativos que conecten entre sí estos vacíos urbanos.

El trabajo incluyó una catalogación detallada de accesos, zonas de interés y vínculos con las medianeras. Los accesos —desde pasajes angostos hasta corredores amplios o conexiones que atraviesan edificios— fueron clasificados según su potencial para abrir el tejido urbano y permitir un tránsito fluido entre espacios públicos, semipúblicos y privados. Esta diversidad, remarcan, habilita la construcción de un recorrido flexible que enriquece la vida cotidiana.

Las zonas de interés, por su parte, se definieron a partir de criterios como iluminación natural, presencia de vegetación o posibilidades de sumar equipamiento comunitario. Allí se proyectan pequeños nodos de encuentro barrial: sectores para descanso, áreas verdes recuperadas o espacios destinados a actividades culturales.

Uno de los puntos más destacados del análisis fue el tratamiento de las medianeras, un elemento típico del paisaje porteño y, al mismo tiempo, una oportunidad para intervenir. Las estudiantes propusieron activarlas mediante aperturas, muros verdes, fachadas interiores o pantallas aptas para proyecciones, convirtiéndolas en soportes para usos colectivos y no solo en límites físicos entre propiedades.

En conjunto, la propuesta invita a repensar cómo los barrios pueden recuperar sus intersticios para ofrecer nuevas formas de circulación y encuentro. Lejos de plantear una intervención monumental, la mirada del equipo se orienta a pequeñas operaciones que, sumadas, podrían transformar la cotidianeidad de Flores y devolverle protagonismo a espacios que hoy permanecen ocultos en la trama urbana.

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