Jujuy vive en el Bajo Flores

A 28 años de su fundación, la Agrupación de Residentes Jujeños de Bajo Flores volvió a reunir a vecinos y familias para celebrar a la Pachamama. Entre comidas típicas, música, recuerdos y el tradicional ritual de corpachar, la comunidad renovó una costumbre ancestral que nació en Jujuy y hoy se mantiene viva en pleno corazón de Buenos Aires.

Hay tradiciones que no necesitan del paisaje original para mantenerse vivas. Pueden atravesar cientos de kilómetros, instalarse en otro barrio y, con el paso del tiempo, convertirse también en parte de la identidad del lugar que las recibe. Eso ocurre con la comunidad jujeña del Bajo Flores, que desde hace casi tres décadas sostiene sus costumbres y encuentra en cada celebración una manera de acercarse a su tierra.

A 28 años de su creación, la Agrupación de Residentes Jujeños de Bajo Flores volvió a rendir homenaje a la Pachamama con una ceremonia que reunió a integrantes de la comunidad, familias del barrio y vecinos interesados en conocer y participar de una de las expresiones culturales más profundas del norte argentino.

La celebración tuvo como eje el tradicional ritual de corpachar a la Pachamama, una ceremonia ancestral mediante la cual se agradece a la Madre Tierra por los frutos y bienes que brinda y se formulan pedidos para el nuevo ciclo. Para los jujeños que viven lejos de su provincia, la ceremonia adquiere además un significado especial: es una forma de mantener el vínculo con el lugar de origen y transmitirlo a quienes nacieron o crecieron lejos de Jujuy.

La historia de la agrupación comenzó en 1998, cuando Irma Bustamante y Ángela López advirtieron una situación que compartían con muchos otros jujeños que residían en Buenos Aires. Por distintos motivos no podían viajar a su provincia y tampoco encontraban en la Ciudad un espacio donde reunirse con sus comprovincianos, compartir experiencias y mantener las costumbres que habían acompañado sus vidas.

De esa necesidad surgió la decisión de crear la institución. Lo que comenzó como un punto de encuentro fue creciendo con los años hasta transformarse en uno de los espacios que más residentes jujeños convoca en el Bajo Flores. Las reuniones y celebraciones fueron construyendo una comunidad alrededor de la identidad provincial, pero también alrededor de la amistad, la solidaridad y la colaboración entre vecinos.

A lo largo del año, la agrupación organiza diferentes actividades destinadas a preservar y difundir las expresiones culturales de Jujuy. En cada encuentro aparecen la gastronomía, la música, las historias familiares y las costumbres que fueron transmitidas de generación en generación.

La ceremonia de la Pachamama volvió a reunir todos esos elementos. Durante los días previos, integrantes de la institución trabajaron de manera conjunta para preparar el encuentro y elaborar las comidas que posteriormente fueron compartidas entre los participantes.

La recepción tuvo un marcado sabor norteño. Hubo tamales provenientes de Maimará, tijtincha preparada con mazorcas de maíz de la Quebrada y el tradicional picante de mondongo, acompañado por maíz pelado y yasjua. La gastronomía, en este contexto, no fue simplemente parte del menú: también funcionó como una manera de recuperar sabores vinculados con la infancia, la familia y el territorio.

La ceremonia comenzó a las 21. A esa hora, los integrantes de la comunidad recibieron también a familias de la zona que quisieron participar del ritual, agradecer y realizar sus propias ofrendas. De esta manera, una celebración originalmente ligada a la comunidad jujeña terminó convirtiéndose en un encuentro abierto a los vecinos del barrio.

Ese carácter abierto fue uno de los aspectos centrales de la jornada. La celebración no quedó limitada a quienes nacieron en Jujuy o tienen allí sus raíces familiares. La participación de vecinos porteños permitió compartir una tradición que, lejos de perderse por la distancia, encontró un nuevo espacio para desarrollarse.

Una tradición que cruza generaciones

Para la comunidad jujeña, mantener estas costumbres en Buenos Aires también implica enfrentar uno de los principales desafíos de cualquier colectividad: lograr que las nuevas generaciones conozcan y valoren las tradiciones de sus familias.

Los hijos y nietos de aquellos primeros residentes crecieron en una ciudad diferente, con otros paisajes, otros ritmos y otras referencias culturales. Sin embargo, los encuentros organizados por la agrupación funcionan como un puente entre esas generaciones y el territorio de origen de sus padres y abuelos.

En ese sentido, el ritual de la Pachamama tiene un valor que trasciende lo estrictamente ceremonial. Es también una oportunidad para contar historias, recuperar palabras, compartir comidas, explicar costumbres y mantener presente una identidad que podría diluirse con el paso del tiempo.

La actual Comisión Directiva, correspondiente al período 2026/2027 y encabezada por Jairo Sajama, decidió continuar con esa tarea y convocó a la comunidad a participar de la celebración.

“Nuestra idea es hacer sentir a Jujuy un poquito más cerca y, a pesar de la distancia, podamos seguir viviendo cada experiencia, compartiendo nuestras costumbres y transmitiendo nuestras tradiciones a las nuevas generaciones”, expresó Sajama durante la jornada.

La frase resume buena parte del sentido que tiene la agrupación para quienes participan de sus actividades. No se trata únicamente de reunirse entre comprovincianos. También existe una voluntad de preservar una memoria colectiva y hacerla visible en el lugar donde cada familia construyó su nueva vida.

A 28 años de aquel primer paso dado por Bustamante y López, el Bajo Flores volvió a ser escenario de una tradición nacida en los pueblos y ciudades de Jujuy. La Pachamama fue homenajeada lejos de la Quebrada, de los cerros y de los paisajes norteños, pero rodeada de personas que conocen el significado de agradecer a la tierra.

La distancia, finalmente, no impidió el reencuentro. Por el contrario, pareció darle un valor todavía mayor. Jujuy estuvo presente en cada ofrenda, en cada plato compartido, en los recuerdos de quienes llegaron desde el norte y en las nuevas generaciones que aprendieron que las raíces también pueden cuidarse desde Buenos Aires.

Así, aquel sueño que comenzó hace casi tres décadas continúa creciendo en el Bajo Flores. Una comunidad que encontró en la Ciudad un nuevo hogar demuestra que la pertenencia no depende solamente del lugar donde se vive. También se construye, se comparte y se transmite. Y, para los jujeños del barrio, Jujuy puede estar lejos, pero sigue estando cerca cuando la cultura se mantiene viva.

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